¿Quién que aún no lo haya consumado, no ha querido viajar a Buenos Aires? Esa especie de Meca nuestra del Sur, existente, presente en sueños, en frases, en libros; habitante de nuestra imaginación. Poblada de referencias circulares, bifurcadas, que se encuentran luego del tránsito obligatorio por senderos de terror, de música, de temblores, y se vuelven a difuminar, como en un delirio.
Buenos Aires se ve, al decir de Cerati el entrañable, tan susceptible. Y nosotros, entregados a ella desde la distancia, no somos menos caraqueños ―o madrileños o habaneros― por eso, ni ella deja de ser la jeva, ¿o mina? que siempre nos alienta a tirarnos el lance. Igualmente, por aquí han recalado porteños que, luego de dejar su impronta, han partido en vuelo definitivo a instalarse en la memoria de las gentes de todo el mundo.
Quizá nosotros para ellos somos ese Caribe anhelado, atrapado en un eufemismo y hasta un cliché, a veces apasionante e indescifrable para las almas humeantes y dolidas. Somos política efervescente, contradicciones, intensidad, amenaza a la vida mullida, caos, sol, calor, caderas de hembra imposibles de hallar en un cigarrillo y una melena platinada, distante y solitaria, que avanza a grandes trancos vaporosos por cualquiera de esos lugares míticos: La Boca, Caminito, Recoleta, Plaza de Mayo.
Vincent Corso, y su compañera arquetípica, van al hallazgo de esa pasión postergada por mucho tiempo, a desenrollar lo que estaba guardado en el pergamino personal. Desde la figura ambivalente de Faustino Sarmiento y su infame racismo hasta Jim Morrison y los caminos del exceso, viajando de Gardel a los Kirchner, y pasando por Maradona, aterrizan en el Borges más escurridizo; uno que da pie a nuevas conjeturas sobre su verdadero paso por este mundo, si es que no era un extraterrestre que vivió sólo dentro de sus cuentos, novelas y demás travesuras escriturales.
